Los Cólicos del Lactante

Cólicos del lactante
Los cólicos del lactante se definen como la presencia
de llanto excesivo intermitente, sin causa aparente,
en los primeros cuatro meses de vida en un lactante
sano.
¿Cómo se presenta?
De forma repentina el niño comienza con llanto fuerte
más o menos continuo. Los episodios son de duración
variable y no se acompañan de fiebre, vómitos o
diarrea. El bebé está irritable, molesto y con la cara
enrojecida. El abdomen está tenso y emiten gases por
el recto; las piernas pueden estar flexionadas sobre
le abdomen o extendidas y las manos están apretadas.
El episodio suele también cesar repentinamente,
volviendo el niño a la normalidad total. En ocasiones
se produce un alivio aparente al hacer deposición o al
expulsar el aire.
Estos ataques suelen producirse a última hora de la
tarde y primera de la noche. Algunos recién nacidos
son peculiarmente susceptibles al cólico, sin que se
sepa la causa de ello. No se ha encontrado ningún
factor que por sí solo sea el responsable de este
cuadro, ni ningún tratamiento que proporcione alivio
eficaz.

En ocasiones, sirve de ayuda colocar al niño boca
abajo sobre el regazo o con la mano en la tripa para
darle calor. Mientras tanto se le puede balancear o
pasear suavemente y acercarle sonidos rítmicos.
¿Qué se puede hacer?
No existe ninguna medicación eficaz contra los cólicos
del lactante. La clave para poder controlar el cólico
es la tranquilidad de los padres. Es un proceso
benigno y transitorio y que desaparece hacia los tres
o cuatro meses. La ansiedad de los padres puede
contribuir a agravar el cuadro por aumentar la
irritabilidad en el bebé.

En ocasiones, sirve de ayuda colocar al niño boca
abajo sobre el regazo o con la mano en la tripa para
darle calor. Mientras tanto se le puede balancear o
pasear suavemente y acercarle sonidos rítmicos (la
televisión, lavadora…) Es importante hacer turnos en
el cuidado del bebé para que ambos padres puedan
descansar.

Se puede intentar prevenir los ataques con consejos
para dar las tomas: la madre debe estar relajada y
tranquila en un ambiente cómodo, adaptarse al ritmo de
comer del niño, evitar que tome deprisa, no acostarlo
inmediatamente tras la toma, ayudarle a echar el aire…

No se debe cambiar a ciegas la alimentación ni los
hábitos del bebé. Esto debe ser valorado
evolutivamente por su pediatra habitual.

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